Los imbéciles de cuneta, ese espécimen

Giro de Italia 2019 La opinión de Roberto Palomar

Miguel Ángel López pegó varios guantazos al aficionado que le tiró en plena subida EUROSPORT

Acaba de suceder en el Giro y volverá a ocurrir dentro de un mes, en el Tour de Francia. El imbécil de las cunetas ataca de nuevo. Una especie que, lejos de estar en vías de extinción, va creciendo y tomando los márgenes de las carreteras al calor de los selfies, la inmediatez de las redes y el protagonismo idiota, una suerte de nueva gloria. Carecen de educación deportiva, de educación vial y desconocen las más mínimas leyes de la física. No son capaces de calcular a qué velocidad sube un ciclista ni la fragilidad de estos en cuanto les pones una mano encima por muy despacio que vayan en un puerto. El ciclismo no les necesita. Ni el corredor tampoco. Un ciclista no necesita que le den un empujón, ni que le griten a centímetros del oído, ni que le tiren agua para refrescarle… Nada que no venga de sus auxiliares o que el propio ciclista solicite del público. Porque un periódico para bajar un puerto o un trago nunca vienen mal cuando lo pide el ciclista, no cuando lo decrete un incauto que se cree el director de un equipo.

UN DEPORTE ÚNICO

El ciclismo es de las pocas disciplinas que permite la asistencia gratuita a grandes momentos de la historia del deporte. Por el módico precio de un aplauso o de un grito de aliento se puede ver a un metro de distancia al número uno de la especialidad. Bastaría con cobrar en los puertos o vallar subidas enteras y tramos emblemáticos para sacar más rentabilidad al asunto y, sobre todo, para acabar con los imbéciles de cuneta. El ciclismo no lo hará porque terminaría con una de sus peculiaridades, con parte de su esencia. A menos que la cosa se ponga imposible. Le tocó caer a Supermán López en el Giro pero bien pudo haber sido Carapaz. Da igual, como si cae el último. Algo habrá que hacer contra esta plaga. Vaya desde aquí nuestro desprecio. Sobran en el ciclismo y en el deporte.

EL QUILOMBO

“Me voy una semana de España y se monta un quilombo”, dijo Sergio Ramos con el desahogo de quien se pone el mundo por montera. Todo en Sergio Ramos tiende al tremendismo: el gol de Lisboa, los penaltis a lo Panenka, su récord de expulsiones, su publirreportaje la noche del Ajax… Y ahora ha relacionado su salida del país con un episodio de opereta. Un episodio que, por lo cutre, parece llevar su sello. De los creadotres de “Me pagas y me voy”, llega ahora “Tengo una oferta de China pero jugaría gratis en el Madrid”. ¿Qué hacer ante un caso así? Nada. A Florentino y a Ramos ya les va bien. El club cuenta con uno de los mejores centrales de los últimos años y el jugador es uno de los mejor pagados y es el capitán del Real Madrid. El único que podría cansarse de estos episodios cíclicos es el aficionado blanco. Si la cosa va bien, el fútbol lo aguanta todo. En otro ámbito laboral, con su comportamiento, puede que Ramos no tuviera trabajo. Presidente y jugador -padre e hijo, jefe y empleado- se han dado un abrazo. Por medio, una conferencia de prensa hilarante, unos dardos lanzados por Florentino con la perversidad que requería el momento y el comportamiento inmaduro de quien, por su condición de capitán y veterano, debería tener más cuajo. A menos que sea verdad que jugaría gratis.

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