Inseparables

Hay comparaciones que, aparte de odiosas, son inútiles. La última que está de moda es la de comparar en todo a Vinicius con Rodrygo. Da igual lo que haga cada uno. Cualquiera diría que son siameses. Todo análisis del estado de forma de uno lleva aparejado la crítica del otro. Si uno cotiza al alza, el otro necesariamente tiene que estar bajo mínimos. Si Rodrygo marca, Vinicius llora. Si Vinicius triunfa, Rodrygo atraviesa una crisis existencial. Son las dos caras de una misma moneda. Y todo porque son jóvenes, atacantes y brasileños.

Nos gustan los reduccionismos. Del mismo modo que comparábamos a Gago con Redondo por su corte de pelo, nacionalidad y posición en el campo, sin tener luego nada que ver sobre el verde. Del mismo modo que hemos tardado años en desterrar ese mito de que cualquier centrocampista de ascendencia africana tenía que ser forzosamente un jugador de corte destructivo, “un Makelele“. “Un negrocampista”, que diría el gran Enrique Ballester. Nos agarramos a los clichés como Jack y Rose a la tabla en Titanic. Y si algo nos enseñó la película es que, aunque haya sitio para dos, al final sólo puede salvarse uno: topicazo o dignidad.

Es agobiante esa eterna comparación entre Vinicius y Rodrygo en todo: minutos, goles, asistencias, ocasiones, estado anímico o confianza de Zidane. Seguro que hay alguien cronometrando quién de los dos se acaba el filete antes en Valdebebas o quién da más toques a un rollo de papel higiénico. Es imposible elogiar a uno sin, acto seguido, tener que escuchar una opinión sobre el otro. Tiene que ser demencial para ellos: la competencia estimula, la comparación desespera. Si algo han demostrado es, precisamente, ser dos jugadores diametralmente opuestos. Y ahí radica la riqueza del fútbol. En el vértigo y la precipitación de Vinicius; en el poso y la definición de Rodrygo. Uno es el rayo que no cesa, el otro es guadianesco.

No tengo ni idea de quién de los dos llegará más lejos. Si triunfará uno, ambos o ninguno. De lo que no tengo duda es de que ya va siendo hora de que se les trate, y disfrute, como a deportistas adultos e independientes. Qué menos.