20 años de Diablo 2: un clásico inmortal

El 29 de junio del 2000 aparecía Diablo 2, el juego que acabaría consolidando y dominando un subgénero particular iniciado en esta saga, nacida de una mutación al intentar compaginar la fórmula de Nethack -por turnos, procedural, ilimitado- con un juego de acción en tiempo real, combinando lo mejor de ambos mundos para crear un título que resultaba irresistible. El estudio no pensaba hacer una secuela después de tres meses de crunch infernal -nunca mejor dicho-, pero una vez que descansaron y comenzaron un nuevo proyecto, descubrieron que sí querían volver e implementar muchos de los elementos que se habían quedado en el tintero.

La secuela es un claro ejemplo del ideario que ha sido tradicional en Blizzard: más y mejor, de una forma iterativa, quizás conservadora pero a la vez ambiciosa. Aunque Blizzard North era y sigue siendo un estudio con una fuerte independencia dentro de la compañía, fruto de sus orígenes, asumió rápidamente algunos de los valores de la compañía: no romper lo que no estaba roto y mejorar intensamente pero no de una forma no disruptiva lo que había triunfado en el pasado.

No pasan los años por él

Diablo 2 es un juego que aparentemente parece muy parecido al primero, pero que se suele subestimar bastante: llevó tres años de desarrollo, con un brutal crunch de un año para terminarlo. Es exponencialmente mayor en todos los sentidos al primer Diablo: cinco ciudades frente a una, además más grandes; cinco clases en vez de tres, más diferenciadas entre ellas y con complejos sistemas de desarrollo; mucha más variedad de enemigos y jefes finales, con muchas más permutaciones en sus comportamientos, habilidades, puntos débiles y fuertes. Tenía mucha más variedad de objetos y un sistema de equipamiento visible para tu personaje, frente a un Diablo 1 mucho más limitado. El testeo para comprobar que todo funcionaba fue un trabajo agotador, y además el juego sirvió como “caballo de troya” para Battle.net, un servicio de conexión propio para jugar en multijugador que multiplicaba las dificultades del lanzamiento.

Era también un juego técnicamente exigente, y pese a que no era inmediatamente visible en imágenes, dada la naturaleza 2D del juego, la perspectiva y otras consideraciones. Lo cierto es que obligó a más de uno a cambiar de máquina, o al menos de tarjeta gráfica para hacerlo funcionar -fue bastante criticado por ello además-. Pero más allá de eso, fue un gran éxito en todos los aspectos, un éxito además que perdura en el tiempo y que fue madurando como los viejos vinos hasta convertirse en uno de esos clásicos cuyo nombre por si solo evoca tardes de diversión sin preocupaciones, en casa o en el cibercafé, jugando con amigos a tu lado o en la distancia, completando una y otra vez sus retos o atreviéndonos con un modo hardcore en el que la muerte implicaba perder a tu personaje y todas las horas de progresión -más de un drama vital se desarrolló alrededor de este modo-.

La expansión, Lord of Destruction, terminó de coronar un juego que sigue siendo, dos décadas más tarde, el gran referente de su género. Todavía hoy el mejor piropo que puede recibir un hack’n slash de este estilo es el de “heredero espiritual de Diablo 2”. Ni siquiera su continuación, Diablo III, se acerca al legado que dejó una segunda parte cuyos máximos responsables hace tiempo que dejaron Blizzard; David Brevik, los hermanos Schaefer y el histórico Bill Roper fueron el alma y el corazón de un juego cuya leyenda se agranda a cada año y que será difícil derrocar de su pedestal -aunque haya propuestas actuales de buen nivel como Path of Exhile-.

Todavía hoy muchos sueñan con un remake, pero todos los responsables, tanto dentro como fuera de Blizzard lo ven muy complicado: se perdió todo durante un accidente en el desarrollo, todos los recursos gráficos y el código fuente. La versión que apareció fue una reconstrucción basada en los códigos que los trabajadores se llevaban a casa, pero el material base está perdido y sin él es muy difícil plantear un trabajo de restauración. Siempre nos quedará la esperanza de que Diablo IV no caiga en los errores de la tercera entrega y sea ese sucesor con el que muchos llevan tantos años soñando.